“Mi viaje a los USA” (segunda parte)

  

                                                                                

                            Llevaba ya 3 días en New york , pensaba, que por fin, había llegado el momento.

                           
Estaba casi recuperado del cansancio acumulado por el cambio horario,
de las horas sin dormir y del cambio
                            continuo de clima en solo 2 días. Acababa
de dejar atrás todos los problemas, inesperados, como suelen ser
                            los peores problemas, que habían surgido
con el bolo imposible que estábamos organizando a la vuelta…
                            Y después de un sin número de llamadas
entre Madrid-New York-Irun , creo que había llegado el momento de
                            apagar el móvil y de meterme en un coche, de escapar, de comenzar el
verdadero viaje por el que había cruzado
                            el charco, y salir de la ciudad a descubrir todo lo que siempre había
querido haber vivido, a vivir por fin, mi
                            propia "road movie".
                           
Así, a las 11h de la mañana, de un miércoles, estaba en un concesionario, cerca de LexingtonAvenue y el Empire
                            State, intentando al quilar un coche, de color rojo.
Nunca había tenido un coche de color rojo, siempre me pareció
                            un color ostentoso y llamativo, algo raro viniendo
de mi. Pero no veía mejor ocasión para conducir un coche de
                            color rojo que esta. Y no, no era un descapotable ni un
"Thunderbird del 77". Pero si conseguía llevarme hasta
                            donde yo quería,
podría convertirse en mi  "Trueno Rojo" particular.
                            No fue, al principio, difícil hacerse con los papeles, peor fue hacerse a
los pedales automáticos de mi flamante
                            "Trueno Rojo" para cruzar Manhattan de Este
a Oeste por la 39 St., hasta atravesar el Lincoln Tunnel  que me
                            sacara de New York, hasta New Jersey; Segundo estado programado del viaje. Eso si , tal operación pudo ser
                            llevada acabo gracias a las precisas instrucciones de "Isabel", mi nueva
acompañante por horas, un GPS contratado.
                            Alta tecnología que me
ayudaría, o no, a cruzar los 5 estados que tenía que
atravesar hasta llegar a mi destino final
                            sin perder demasiado tiempo. De todas formas era fácil intuir, después
de unos cuantos consejos de Isabel, que se
                            gastaba un acento sudamericano de lo más particularmente meloso, que terminaría
habiendo algún tipo de roce entre
                            "mi partenaire y yo" durante tantas
millas que íbamos a viajar juntos lo dos.
                           
Una vez dentro del estado de Nueva Jersey empezó ha cambíar totalmente
el paisaje, dejando atrás el Skyline de
                            Manhattan y a un lado Jersey City ,
conduciendo por la Interestatal 78,  el paisaje es mucho más gris, industrial. Los
                            grandes centros comerciales de las afueras dejan paso a refinerías y grandes siderurgias. Y te vas dando cuenta que
                            estas conduciendo por las autenticas tripas del mayor gigante industrial de mundo occidental. Varias millas más
                            adelante, los pueblos empiezan a ser más pequeños, los edificios unifamiliares, como en cualquier pueblo de Europa.
                            La conducción es tranquila , aunque siempre flanqueado por grandes camiones; esos auténticos monstruos de la
                            carretera,
que cruzan el país de Este a Oeste o de Norte a Sur, a su ritmo, como auténticas manadas de animales
                            ajenas al resto de los conductores…
                           
Llevaba y horas conduciendo y empezaba a pensar en comer. Puse a trabajar a "Isabel" :  macdonalds, burgerkings,
                            gasolineras, casí nada se
escapaba al control de "Isabel". Contaba, casi sin margen de error, los metros a todas y
                            cada una de las áreas de
servicio de mi ruta. Pero sin duda,  mi experiencia,  me decía que
lo mejor sería parar en
                            cualquier otro sitio donde viera camiones parados, y
a sus dueños comiendo. Así fue como encontré una de las áreas
                            de servicios que más me agradaría en todo en viaje, el límite del estado de Nueva Jersey con
el de Pensilvania; Un
                            American Trucker. Allí comí bien, diferente a New
York, un barato buffet, con típica la típica comida americana:
                            puré de
patatas, buena carne roja, vainas y maíz… Allí también conocí a alguien, Raúl, creo que se llamaba. Un
                            veterano camionero de origen cubano que hacía la ruta Buffalo-Miami, y que, ante mi primera indecisión a sentarme
                            a comer, amablemente me invito hacerlo, porque como pude comprobar, allí se comía bien. La
sorpresa fue mutua,
                            al ver que coincidíamos en idioma, aunque tal vez fuera
más suya, la sorpresa, al contarle mi procedencia real, mi ídea
                            del viaje y el fin del  mismo. Así, Raúl,  mapa en mano me volvió a indicar la ruta idónea para llegar a mi destino,
                            no sin
antes, volver a aconsejarme, por segunda vez, que en vez de ir a Memphis, buscará las playas de los Cayos de
                            Miami, las situadas al oeste
de la península, y sus carreteras que transcurren entre pantanos y cocodrilos… Era una
                            buena opción. Pero sin
duda, mi camino era distinto a pesar de lo bueno que podría haber sido llegar a la Florida…
                            A primera hora de la tarde ya estaba atravesando Pensilvania, seguía
por la 78 y el paisaje y el clima, empezaba a ser
                            más seco, más caluroso, aunque aún siempre verde. Desde el coche se veían
grandes valles, ranchos y casas de madera
                            con tejados en punta, todas con sus
banderas norteamericanas en el porche, con sus
caballos pastando al otro lado de
                            cobertizos y establos…
                            También se
empezaban a notar las horas de conducción. Cada parada,
aprovechada para llevarme puesto uno de esos
                            "Black coffes special for the road" como rezaba la propaganda de los mismos, y que
resucitaban a un muerto.
                            Pensé que aún era pronto para probar cualquiera de los muchos suplementos
vitamínicos que tan de moda parecen
                            estar en las autoestaciones de las
autopistas norteamericanas y que aseguran más de 12
horas de total energía al
                           volante. A mi me recordaban más, a algún que otro
film de serie "B"  que útimamente me habían aconsejado visionar,
                           con posibles resultados sicotrópicos
más que otra cosa… La horas pasaban y ya cayendo el sol, en uno de los atardeceres
                           más bonitos que recuerdo, al
estilo de los cielos que suelen quedar estampados, al ocultarse el Sol
en la meseta
                           castellana, entraba en el estado de
Virginia. El color del cielo, que cambiaba por minutos, de azul a distintos tonos
                           rojizos, la inmensidad del espacio a ambos lados de la carretera y la música, que tan bien sonaba, de la emisora country
                           sintonizada en la autoradio, empezaban a dar forma, por si aún no había tomado suficiente conciencia, de que realmente
                           estaba allí , a miles kilólmetros de casa, viviendo mi propía aventura…
                           Después de un rato saboreando ese momento, conecte de nuevo a "Isabel" para que empezara a "cantarme" otra vez.
                           Aunque, en esta ocasión, serían moteles cercanos para poder dormir unas horas. Recorrí un bonito pueblo buscando
                           alguno, Winchester,  un típico pueblo que parecía salido de las películas del lejano Oeste, con algunas casas de madera
                           y otras, más de caracter centroeuropeo… En las afueras encontre un motel de carretera, de los que no venían en la
                           lista de "Isabel". Ya era de noche , y aunque la cosa no pintaba bien, no había ningún coche en el parking y solo
                           funcionaban
2 de las 8 luces de neón que el letrero, con su nombre, coronaba lo que parecía la recepción del mismo.
                           Me bajé de mi "Trueno Rojo", dubitativo y cansado después de tantas horas de conducción.  Miré alrededor, unos
                           segundos, ¿Dónde quedaba New York en este momento?  Llamé a la
puerta. Al cabo de un rato salió ha atenderme,
                           un muchacho de unos 14 años, moreno, que menos mal que no
vestía de negro, porque podía haber sido un magnifico
                           doble para hacer el papel del jovencito de la "Familia Adams". Al
principio, no nos entendimos fluidamente, llegue a
                           pensar que me decía que estaba cerrado el establecimiento, o
fuera de temporada, y que tendría que conducir hasta
                           el siguiente pueblo. Termino llamando a su hermana, sin duda una autentica fan de actriz Christina
Ricci. La cosa no
                           podía empeorar, o mejorar, depende como se mire. Entre los tres nos entendimos. Es más, llegaron a
entender que
                           iba camino de Nashville, incluso, creo que pensaron, que
era un músico europeo que iba para tocar alli.
                           Todo valía para conseguir una habitación en ese peculiar "Motel de carretera secundaria", y es que, sin duda, el tópico
                           de que "la realidad supera la ficción" estaba apoderandose de mi particular viaje.
                           Al final, a un buen precio, que era lo que yo quería, me dieron la llave. Al
salir de la recepción, no me olvidé de
                           "Isabel", no quería dejarla dormir en el coche, al
menos, no la primera noche nada más habernos conocido.
                           Al abrir la puerta de mi habitación, la número 5 , de la
número 2 salía un autentico personaje,  clon de Marilyn Manson,
                           que se me quedo mirando mi camiseta de Elvis, y me hizo un gesto entre un "fuck you!" Y unos cuernos rockeros, que,
                           cargado y cansado como iba en ese momento, no
llegue a entender ni a devolver. Podía ser peor. Y lo fue. De su
                           habitación salía una satánica música heavy de alta consistencia. Pensé que iba a ser una
noche movidita, máxime,
                           después de ver las marcas de patadas en la puerta del baño de la habitación, el olor que desprendía la
moqueta, que
                           tapaba todo el suelo de la habitación, algo indescriptible, ajeno y totalmente nuevo para mi, aunque estaba seguro de
                           que no podría olvidarlo jamás a partir de esa noche. Aunque eso no fue lo peor: Una de las dos luces coronaban la
                           cama, amenazaba, con un ruido parecido al vuelo de un reactor, que iba
a apagarse por momentos…
                           Sin embargo, minutos
después de la medianoche,  mientras devoraba un "donuts rosa" que sobrevivía desde mi última
                           parada en un "Donkey Donuts", y  bebía una fría "bud" tamaño XL americano, paró la
música de fondo. Todo empezaba
                           a estar en calma y a oscuras; solo sonaba "Nebraska" en mi reproductor de mp3 a un mínimo volumen…

                           Intente cerrar los ojos, sin mirar el móvil. Poner la alarma e
intentar al menos dormir 6 o 7 horas. Solo había un
recuerdo
                           en mi cabeza, y estaba siendo demasiado borroso, lejano, como para no dejarme dormir. Sin embargo, la
sensación, al
                           cerrar los ojos era de estar aún conduciendo, de seguir
en velocidad… No lo se,  tal vez seguí
conduciendo toda la noche,
                           a tu lado, contigo sentada a mi lado, en mi viaje
perfecto…
                       
                          Tal vez esa noche dormí en el Infierno, pero estaba seguro que estaba conduciendo hacía el mismísimo cielo…

                         Next stop: Nashville, Tennesse.
                                                 

                                                                                                                                                             
(To be continued…)

                                                 

                          Nota del autor: Si alguien quiere poner banda sonora a este relato no tiene más que ir a los siguientes links
                                                 de dos de las emisoras que más escuché durante mi viaje en coche desde New York a Memphis.

                                                  http://953rebelcountry.com/
                                                  http://www.955thewolf.com/    

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2 respuestas a “Mi viaje a los USA” (segunda parte)

  1. Ainhoa dijo:

    … lo de las emisoras online a sido una muy buena idea.. para seguir leyendote. FUNCIONA!!!

  2. rafael dijo:

    Tenías que haber ido en un coche rojiblanco, chaval.

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